EL NIÑO DE LAS MIL COSQUILLAS

Pepito Chispiñas era un niño tan sensible, tan sensible, que tenía cosquillas en el pelo. Bastaba con tocarle un poco la cabeza, y se rompía de la risa. Y cuando le daba esa risa de cosquillas, no había quien le hiciera parar. Así que Pepito creció acostumbrado a situaciones raras: cuando venían a casa las amigas de su abuela, siempre terminaba desternillado de risa, porque no faltaba una viejecita que le tocase el pelo diciendo “qué emperifollado sois“. Y los días de viento eran un verdadero bochinche, Pepito por el suelo de la risa en cuanto el viento movía su melena, que era bastante larga porque en la peluquería no costaba nada que se riera sin parar, pero lo de cortarle el pelo, no había quien pudiera.

Verle reír era, además de divertidísimo, tremendamente contagioso, y en cuanto Pepito empezaba con sus cosquillas, todos acababan riendo sin parar, y había que interrumpir cualquier cosa que estuvieran haciendo. Así que, según se iba haciendo más mayor, empezaron a no dejarle entrar en muchos sitios, porque había muchas cosas serias que no se podían estropear con un montón de risas. Pepito hizo de todo para controlar sus cosquillas: llevó mil sombreros distintos, utilizó lacas y gelatinas ultrafuertes, se rapó la cabeza e incluso hizo un curso de yoga para ver si podía aguantar las cosquillas relajándose al máximo, pero nada, era imposible. Y deseaba con todas sus fuerzas ser un muchacho normal, así que empezó a sentirse triste y desgraciado por ser diferente.

Hasta que un día en la calle conoció un payaso especial. Era muy viejecito, y ya casi no podía ni andar, pero cuando le vio triste y llorando, se acercó a Pepito para hacerle reír. No le tardó mucho en hacer que Pepito se riera, y empezaron a hablar. Pepito le contó su problema con las cosquillas, y le preguntó cómo era posible que un hombre tan anciano siguiera haciendo de payaso.

     – No tengo quien me sustituya- dijo él, – y tengo un trabajo muy serio que hacer.

Pepito le miró extrañado; “¿serio?, ¿un payaso?”, pensaba tratando de entender.  Y el payaso le dijo:

     – Ven, voy a enseñártelo.

Entonces el payaso le llevó a recorrer la ciudad, parando en muchos hospitales, casas de acogida, albergues, colegios… Todos estaban llenos de niños enfermos o sin padres, con problemas muy serios, pero en cuanto veían aparecer al payaso, sus caras cambiaban por completo y se iluminaban con una sonrisa. Su ratito de risas junto al payaso lo cambiaba todo, pero aquel día fue aún más especial, porque en cada parada las cosquillas de Pepito terminaron apareciendo, y su risa contagiosa acabó con todos los niños por los suelos, muertos de risa.

Cuando acabaron su visita, el anciano payaso le dijo, guiñándole un ojo.

    – ¿Ves ahora qué trabajo tan serio? Por eso no puedo retirarme, aunque sea tan viejito.
– Es verdad -respondió Pepito con una sonrisa, devolviéndole el guiño – no podría hacerlo cualquiera, habría que tener un don especial para la risa. Y eso es tan difícil de encontrar… -dijo Pepito, justo antes de que el viento despertara sus cosquillas y sus risas.


Y así, Pepito se convirtió en payaso, sustituyendo a aquel anciano tan excepcional, y cada día se alegraba de ser diferente, gracias a su don especial.

pi_cosquillas

las cosquillas que llegan al corazón, gracias Pepito

Anuncios

ACTUAR CONFORME A LO QUE SE DICE

El discurso humano es complejo como un objeto geométrico con muchas y diversas aristas. Desde que nacemos hasta que morimos el discurso nos conduce por todo el camino de la vida haciéndonos ser seres con habilidades y destrezas superiores de pensamiento con identidad, cultura y trascendencia.

Los niños aprenden a hablar y a escuchar de sus padres, tíos y abuelos en principio. Se ven afectados por situaciones emocionales y cognitivas que les permiten desarrollar comportamientos primarios en sus hogares y, posteriormente, en sus distintos entornos y contextos sociales con los que se irá relacionando.

Es por ello que se van a hacer referencia a tres situaciones cuyas ejemplificaciones pueden ilustrar el sentido del presente ensayo donde el discurso juega un papel preponderante . Estos son:

  • Evitar ofrecer lo que no se va a cumplir. Puede suceder cuando ante una situación de contingencia se sale al paso con improvisados ofrecimientos que luego no se van a cumplir realmente. También ocurre cuando se pretende manipular al niño para que acceda a nuestras exigencias por medio de la mentira. Establecerle unas expectativas ante lo que hace o es capaz de hacer cuando en realidad sus cualidades y posibilidades lo pueden llevar a realizaciones diferentes a los intereses de los padres o allegados inmediatos.
  • Decir una cosa y pensar otra, lo que lo mismo, lenguaje doble. Es producto de nuestro vocabulario dual cuyos significados como significaciones los acoplamos a nuestros sentimientos olvidando que el niño que nos escucha recibe de lo que se dice y no de lo que se está pensando.
  • Recordar lo que se hizo insistentemente. Ocurre cuando reincidimos en acciones pasadas o futuras olvidando que el niño vive en tiempo presente. Si sucede algo se debe resolver en el momento. Toda acción tiene una o varias consecuencias por lo que en el diario convivir se van sucediendo.
DSC00148~01

Cada casa, hogar o familia es como una Catedral

Es por ello que se recomienda ser ejemplo cuando se habla comenzando en el hogar, en la familia . Esto no implica que no se deba cometer errores, al contrario, un verdadero y autentico discurso involucra las fallas. Porque en definitiva es necesario transmitir y comunicar por medio de las palabras la vida que debe continuar en quienes representan nuestro presente. Un niño que crece en un ambiente alimentado de un discurso basado en la conversación, el dialogo, el testimonio y la trascendencia. Un niño es una persona que habla, expresa y transmite lo que recibe y es en el discurso donde aprende el valor de vivir y el vivir con valor.

¡OH ETERNA VERDAD, VERDADERA CARIDAD Y CARA ETERNIDAD!

frase-tarde-te-ame-hermosura-tan-antigua-y-tan-nueva-tarde-te-ame-tu-estabas-dentro-de-mi-y-yo-agustin-de-hipona-152975

Del libro de las Confesiones de san Agustín, obispo

Libro 7, 10. 18, 27

Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que conoce la verdad.

¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: «Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí».

Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, el que está por encima de todo, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad, y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría por la que creaste todas las cosas.

¡Tarde te amé
belleza tan antigua y tan nueva, tarde le ame!

El caso es que tú estabas dentro de mi y yo fuera.
Y fuera te andaba buscando
y, como un engendro de fealdad,
me abalanzaba sobre la belleza de tus criaturas

Tú estabas conmigo,
pero yo no estaba contigo.
Me tenían prisionero lejos de aquellas cosas
que, si no existieran en ti, serían algo inexistente.

Me llamaste,
me gritaste,
y desfondaste mi sordera

Relampagueaste,
resplandeciste,
y tu resplandor disipó mi ceguera.

Exhalaste tus perfumes,
respiré hondo,
y suspiro por ti.

Te he paladeado,
Y me muero de hambre y de sed.

Me has tocado,
y ardo en deseos de tu paz.

(Confesiones 10, 27, 38)

“Es necesario que seamos siempre nuevos, sin dejar que lo viejo se introduzca en nosotros furtivamente, creciendo, adelantando y renovándose nuestro hombre interior de día en día; no adelantemos envejeciendo, sino haciendo que la novedad misma crezca siempre en nosotros”. (SAN AGUSTÍN, Sermón 131, 1).

Reflexión

Esta breve y profunda oración es como una espada que se bruñe en el siglo IV y todavía no se monda. Unidos al corazón de san Agustín podemos renovar y restaurar la necesidad de vivir la misericordia desde la humildad. Es decir, del que espera recibir aquello que es Voluntad de Dios como el tesoro más hermoso. Logrando  hacer conciencia aquello que amamos nos enciende, siempre que amemos a través de Cristo porque en todo está la huella de Dios y en todo lo que vivimos Su Voluntad.

“Toda mi esperanza no estriba sino en tu muy grande misericordia. Da lo que mandas y manda lo que quieras. Nos mandas que seamos continentes. Y como yo supiese -dice uno- que ninguno puede ser continente si Dios no se lo da, entendí que también esto mismo era parte de la sabiduría, conocer de quién es este don. 

Por la continencia, en efecto, somos unidos y reducidos a la unidad, de la que nos habíamos apartado, derramándonos en muchas cosas. Porque menos te ama quien ama algo contigo y no lo ama por ti. 

¡Oh amor que siempre ardes y nunca te extingues! Caridad, Dios mío, enciéndeme. ¿Mandas la continencia? Da lo que mandas y manda lo que quieras”. (San Agustín. Las confesiones, Libro VIII. Cap 19. 40).

Oración

Renueva, Señor, en tu Iglesia, el espíritu que infundiste en tu obispo san Agustín, para que, penetrados de ese mismo espíritu, tengamos sed de ti, fuente de la sabiduría, y te busquemos como el único amor verdadero. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

TE LLAMAS ACEDIA Y NO SABÍA QUE HAS ESTADO CONMIGO

is (1)

A las personas que evitan realizar cualquier actividad de las cuales el beneficio no sea al instante se les llaman vagos o perezosos. Las causas para tener dicha tendencia pueden ser variadas, desde mala alimentación o enfermedades, o simplemente que las actividades que realizan no les resultan beneficiosas.

Es por ello que en los dramas existenciales del hombre actual surge la Pereza como una expresión contraria a la motivación. El emprendimiento y la educación centrada en la persona como “Ser”, y, por qué no decirlo, la persona como “Hijo de Dios”. La pereza también se le denomina Acedia, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRALE), el cual también acepta acidia y acedía, define etimológicamente esta noción de la siguiente forma:

Latínacidĭa,

y este del

Griego: ἀκηδία –akedia ‘negligencia’,

ἀ- (a) = sin; κηδos (kedos) = cuidado; ία (-ia) = cualidad;

Esta noción se refiere a alguien que anda sin cuidado, no pone atención, y por ende algo malo le sucede o pasa. Es así como la Acedia se explica como la negligencia, astenia, tedio o descuido en realizar acciones, movimientos o trabajos. Se le conoce también como gandulería, flojera, haraganería, holgazanería, hueva; entre otros términos que pueden incluso llegar a ser peyorativos. La religión Cristiana clasifica la pereza como un vicio capital ya que genera otros pecados, si bien antiguamente se la denominaba acedía o acidia, concepto más amplio que tenía que ver con la tristeza o la Depresión.

La acedia no sólo es un pecado sino un pecado capital. “Pecado capital” significa etimológicamente el pecado que es principio, cabeza o madre de otros pecados. Los pecados capitales son origen de otros pecados en el género de la causalidad final, pues éste es el único modo de causalidad que entraña una influencia específica de ciertos pecados respecto de otros; las demás influencias causales son muy genéricas: “el pecado capital es aquel del que nacen otros vicios en razón de causa final”. Esto quiere decir que el vicio capital tiene un fin intrínseco para cuya consecución engendra otros pecados; por ejemplo, la avaricia, que tiene como fin la indefinida acumulación de riquezas, engendra el fraude, el dolo, el robo, la dureza del corazón, la inmisericordia (sin estas actitudes difícilmente el avaro podría enriquecerse como apetece). Por eso dice Santo Tomás que “llamamos pecados capitales a aquellos cuyos fines poseen cierto predominio sobre los otros pecados para mover el apetito”.

¿Cuáles son los pecados que la acedia engendra como vicio capital?

Si consideramos que equivale a lo que San Gregorio llama tristeza, debemos admitir con este último seis pecados derivados (“las hijas de la tristeza”): malicia, rencor, pusilanimidad, desesperación, indolencia en lo tocante a los mandamientos, divagación de la mente por lo ilícito.

San Isidoro de Sevilla indica, en cambio cuatro derivadas de la tristeza: el rencor, la pusilanimidad, la amargura, la desesperación; y seis de la acidia propiamente dicha: la ociosidad, la somnolencia, la indiscreción de la mente, el desasosiego del cuerpo, la inestabilidad, la verbosidad, la curiosidad.

Santo Tomás Moro conoce las dos primeras enumeraciones y se esfuerza por darles un sentido lógico y armonizarlas tomando como base la de San Gregorio. Parte de lo que dice Aristóteles: “nadie por largo tiempo puede permanecer con tristeza y sin placer”, por lo que, de la tristeza nace necesariamente un doble movimiento: huida de lo que entristece y búsqueda de lo que da placer. De este doble movimiento se originan seis pecados principales (y otros secundarios relacionados a estos):

1) Desesperación. Ha de entenderse como la natural repugnancia y consecuente huida de aquella obra difícil que produce tristeza. El fastidio y el aburrimiento no combatidos (al menos mediante la perseverancia y firmeza en no abandonar la obra comenzada o el deber contraído) pueden terminar en el abandono, en la desesperación de no poder llevar adelante tales obligaciones. Cuando el propio gusto, buscado como fruto de las obras, es superior al deseo de cumplir la voluntad de Dios, basta el dejar de hallar tal gusto para que se origine un creciente aborrecimiento que puede llevar al abandono de ellas. En esto más de perder llevan quienes más atados a los gustos están, como dice San Juan de la Cruz: “Estos también tienen tedio cuando les mandan lo que no tiene gusto para ellos. Estos, porque se andan al regalo y sabor del espíritu, son muy flojos para la fortaleza y trabajo de perfección, hechos semejantes a los que se crían en regalo, que huyen con tristeza de toda cosa áspera, y oféndense de la cruz, en que están los deleites del espíritu; y en las cosas más espirituales más tedio tienen, porque, como ellos pretenden andar en las cosas espirituales a sus anchuras y gusto de su voluntad, háceles gran tristeza y repugnancia entrar por el camino estrecho, que dice Cristo (Mt 7, 14), de la vida”. El tedio “envuelve al hombre con una cadena sin fin, de la cual sólo puede librarse mediante un esfuerzo de su voluntad; porque si se deja llevar de su tendencia sensible, la falta de gusto en las cosas espirituales engendra el tedio y éste a su vez aumenta el disgusto, y de aquí nace el tedio aumentado que sigue su labor aniquiladora de las obras. ‘Más me recelo –dice Fray Juan de los Ángeles– del tedio…, que le vuelve incapaz de toda devoción y sentimiento espiritual’”.

2) Pusilanimidad. La acedia engendra la “pusilanimidad y cobardía de corazón para acometer cosas grandes y arduas empresas”. El tedio a la dificultad que comporta la virtud (al menos en los comienzos de la vida ascética) engendra miedo al trabajo y a la perseverancia en las buenas obras y consecuentemente el ánimo se apoca. Esto proviene en definitiva del aprecio exagerado al cuerpo (sensualidad) y también de la baja apreciación de sí mismo al pensar que por el amor y afición de los deleites no va a ser posible sufrir los trabajos y dificultades de la carne.

3) Incumplimiento de los preceptos. Primero voluntariamente (ociosidad y somnolencia voluntarias ante los deberes de estado o simplemente ante los mandamientos divinos), y a la postre como una imposibilidad de obrar el deber fruto de la abulia adquirida.

4) Rencor o amargura. Santo Tomás entiende esta expresión como “indignación contra las personas que nos obligan contra nuestra voluntad a los bienes espirituales que nos contristan”. Es decir, los superiores en la vida religiosa, y, para los perezosos en general, los virtuosos. Los primeros porque tienen autoridad para exigirnos el cumplimiento de la virtud. Los segundos porque el virtuoso, como el santo, “acusa” con su virtud eminente la desidia de los flojos. “Los santos me acusan”, confesó cierta persona al tener que explicar por qué en su biblioteca no se hallaba hagiografía alguna. Este rencor puede tomar la forma de “espíritu crítico” tanto contra los mismos bienes espirituales (para justificarse a sí mismo de no buscarlos, cargando las tintas sobre su dificultad o inoportunidad de los mismos) cuanto contra a las personas que nos empujan a buscarlos.

5) Malicia propiamente dicha. El término designa, en el lenguaje del Aquinate, “indignación y odio contra los mismos bienes espirituales”. Es un punto probablemente no querido ni sospechado por el acidioso, pero en el que lógicamente puede desembocar el resentimiento y animadversión que experimenta (cuando no es combatido) por los bienes espirituales o las personas que con ellos nos relacionan: se empieza por “amar menos”, se sigue por “preferir” otra cosa a los bienes espirituales; puede terminar por odiar aquello que ya desistimos de conseguir o buscar.

6) Divagación por las cosas prohibidas  (inestabilidad del alma, curiosidad, verbosidad, inquietud corporal, inestabilidad local). Divagar significa “apartarse del asunto que se debe o se está tratando”. Indica aquí el dirigirse hacia lo ilícito como fruto de la deserción de los bienes sobrenaturales. Es un volcarse hacia las creaturas del pecado en general y propio de este pecado en particular. Magnificas descripciones al respecto debemos a los grandes recopiladores del monacato primitivo. El perezoso o acidioso, aunque no es capaz de realizaciones concretas, deja que su imaginación construya castillos en el aire, en los que él es protagonista de cuanto no hace en la vida real. Esto no sólo representa una pérdida de tiempo sino que suele terminar siendo ocasión de pecado. Esta divagación puede verificarse en todos los órdenes: en el hablar (verbosidad), en el conocer (convertido en curiosidad), en los propósitos (inestabilidad del alma), en el reposo (permanente desplazamiento de un lugar para otro, e incluso agitación física). Esto es consecuencia lógica de su flojedad en entregarse del todo a Dios, como explica muy bien San Juan de Ávila: “Si con pereza y tibieza negocia el negocio de Dios, allende de ser desleal al Señor que con tanto ardor de amor negoció nuestro negocio tomando la cruz por nos con gran denuedo, sobrándole amor y faltándole que padecer; más aún: vivirá una vida tan miserable que de penada la haya de dejar; porque como el tibio no goza de placeres de mundo por haberlos dejado con un poco de buen deseo, y como por falta de diligencia no goce de los de Dios, está como puesto entre dos contrarios, que cada uno le atormenta por su parte, padeciendo desconsuelos gravísimos que le hacen, en fin, dejar el camino y con miserable consejo buscar las cebollas de Egipto (Núm 11,5) que ya dejó, porque no puede sufrir la aspereza del desierto”.

Los remedios contra la acedia son comunes con la pereza; otros son específicos de la acedia. Señalemos entre estos:

1) Hay que meditar y valorar como bienes reales para nosotros los dones sobrenaturales con que Dios nos agracia. Dice Santo Tomás Moro: “Cuando pensamos más en los bienes espirituales, más nos agradan, y más de prisa desaparece el tedio que el conocerlos superficialmente provocaba”. Y el mismo en otro lugar: “Cuanto más pensamos en los bienes espirituales, tanto más placenteros se nos vuelven, y con esto cesa la acedia”. Condición fundamental para el amor es que la voluntad perciba como “bien para ella” aquello que debe amar. El verse objeto del amor de Dios enciende nuestro amor por Dios; este objeto tiene, por ejemplo, la “Contemplación para alcanzar amor” con que San Ignacio concluye sus Ejercicios Espirituales. En este sentido también es esencial el ejercicio de la fe iluminando con criterios sobrenaturales las realidades que han de ser amadas: Dios, el cielo, la gracia, la santidad; y los medios para alcanzar este “Bien Sobrenatural”: la cruz, el renunciamiento, el ejercicio de la virtud, la práctica de la misericordia, las bienaventuranzas evangélicas. Quien se ejercita de esta manera es capaz de afirmar como Santa Teresa de Lisieux: “me es dulce el padecer”; San Francisco Javier: “los que gustan de la cruz de Cristo Nuestro Señor descansan viviendo en estos trabajos y mueren cuando de ellos huyen o se hallan fuera de ellos”.

2) La acedia es pecado contra la caridad; se vence pues haciendo crecer la caridad hacia Dios y los dones por los que Dios se nos participa: la gracia, los dones del Espíritu Santo, los mandamientos divinos, los consejos evangélicos. Todos los medios para acrecentar la caridad son remedios para vencer la acedia: la vida fraterna, la misericordia, el trato asiduo con la Eucaristía, la oración perseverante, la lectura sabrosa de la Sagrada Escritura, etc.

3) Como la tentación de la acedia puede ser parte de las desolaciones con que Dios purifica el alma, conviene también considerar todos los motivos por los cuales la desolación nos es provechosa: como purificación de nuestros pecados, para que experimentemos realmente lo que es de Dios en nosotros y los límites que tiene nuestra acción sin la ayuda y consuelo de Dios, para reparar nuestras negligencia y lentitudes, y para hacernos crecer en la humildad.

4) En cuarto lugar, como la acedia es un modo de pereza, valen para ella los remedios generales para este defecto: la firmeza de propósitos; el combate decidido contra el ocio obrando por medio de la lectura espiritual, la Salmodia, el trabajo manual, la oración y las obras buenas de todo género. Dice Alcuino que el diablo tienta más difícilmente a quien nunca está ocioso. Y Casiano, apela a la experiencia para resaltar la resistencia antes que la huida: “Es algo experimentado que se impugna la acedia no huyendo sino resistiendo”.

5) Siendo también una forma de sensualidad se la combate también con la mortificación, especialmente mortificando aquello que es más propio de la acedia: la constante movilidad, la curiosidad, la verbosidad, etc.

6) Pero fundamentalmente la acidia se purifica en la “noche pasiva del sentido”, es decir, en las purificaciones a las que Dios sujeta al alma. Se trata de una gracia purificadora a la que el alma debe responder por medio de su docilidad y paciencia. Lo explica San Juan de la Cruz en su “Noche oscura”: “Acerca de las imperfecciones de los otros tres vicios espirituales que allí dijimos que son ira, envidia y acidia, también en esta sequedad del apetito se purga el alma y adquiere las virtudes a ellas contrarias; porque, ablandada y humillada por estas sequedades y dificultades y otras tentaciones y trabajos en que a vueltas de esta noche Dios la ejercita, se hace mansa para con Dios y para consigo y también para con el prójimo; de manera que ya no se enoja con alteración sobre las faltas propias contra sí, ni sobre las ajenas contra el prójimo, ni acerca de Dios trae disgusto y querellas descomedidas porque no le hace presto bueno… Las acidias y tedios que aquí tiene de las cosas espirituales tampoco son viciosas como antes; porque aquéllos procedían de los gustos espirituales que a veces tenía y pretendía tener cuando no los hallaba; pero estos tedios no proceden de esta flaqueza del gusto, porque se le tiene Dios quitado acerca de todas las cosas en esta purgación del apetito”.

¿Qué dice el catecismo de la Asedia?

CIC 2094 “Pereza espiritual. Llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino.” Es un pecado contra el amor de Dios y, por ende, contra el Primer Mandamiento.

Nuevamente, en otro lugar, tratando de la oración, la enumera entre las tentaciones del orante: “otra tentación a la que abre la puerta la presunción, es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. `El espíritu está pronto pero la carne es débil´ (Mateo 26,41)”.

CIC 2733 Por la naturaleza de la obra, el Catecismo no entra en detalles acerca de la conexión que tienen entre sí estos pecados contra la Caridad. En realidad puede decirse que son uno solo: acedia, en diferentes formas. La indiferencia, la ingratitud y la tibieza son otras tantas formas de la acedia.

Secundaria y derivadamente, la acedia se presenta, en la práctica, como una pereza para las cosas relativas a Dios y a la salvación, a la fe y demás virtudes teologales. Por lo cual, acertadamente, el catecismo la propone, a los fines prácticos, como pereza.

 

LA PARÁBOLA DE LA CIZAÑA

Autor: P. Enrique Cases (Fuente: Catholic.net, 3 – 08 – 2013)

“El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo acudieron a decirle: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña? É les dijo: Algún enemigo lo hizo. Le respondieron los siervos: ¿Quieres que vayamos y la arranquemos? Pero Él es respondió: No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis junto con ella el trigo. Dejad que crezcan ambas hasta la siega. Y al tiempo de la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero”.

La existencia del mal en el mundo

Dormirse porque se han hecho bien las cosas, no es cosa buena; hay que contar con la acción de los diversos enemigos entre los que destaca el diablo. Es un misterio que Dios permita la acción del diablo y la malicia de los pervertidores. No hay que escandalizarse ante la presencia del mal en el mundo; la extirpación definitiva de todos los males se dará en la fase última del reino. En la fase inicial se trata de sembrar, en la intermedia vigilar, sólo en la definitiva, cosechar.

La explicación

Y, como en la parábola anterior, los discípulos querían más explicaciones y acuden a solas a Jesús que aclara el sentido más hondo de las parábolas. El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí será el llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga”(Mt. cfr.)

Jesús, en la explicación, ha añadido un dato importante: el reino tiene una fase o dimensión escatológica, es decir, existe un juicio, un premio eterno y un castigo, también eterno. Tener en cuenta esto es muy importante. No caben indiferencias: existe el cielo y el infierno para los que acepten o rechacen el Reino. También es importante porque coloca en su sitio la misión del Mesías que no venía a establecer un reino temporal.

 

 

BIBLIOGRAFIA

http://etimologias.dechile.net/?acedia

http://es.wikipedia.org/wiki/Pereza

Catholic.net, 3 – 08 – 2013

http://www.corazones.org/diccionario/acedia.html

LA AMABILIDAD COMO UNA TAZA DE CAFÉ

La Afabilidad o Amabilidad es la capacidad de ser altruista, compasivo, confiado, franco y sensible con los demás. Incluye aspectos como Franqueza, Altruismo, Actitud conciliadora, Modestia y Sensibilidad a los demás (Paul T. Costa (Jr.) & Robert R. McCrae. 2008. NEO PI-R, Revised Neo Personality Inventory).

La amabilidad es como una planta delicada que sólo germina en “terrenos”, “climas” y condiciones especiales, esto quiere decir, que se da a partir de contexto y un ambiente propiciador donde la persona desarrolle una conducta amable. El terreno más indicado es el hogar y poco después la escuela. El clima y las condiciones especiales de una educación para la amabilidad, que ha de proporcionar el medio educativo en que se desenvuelve el niño durante la infancia y la adolescencia, debe aportar y despertar los siguientes sentimientos positivos:

  • Afecto: Sentirse aceptado y amado con sus cualidades y defectos. Percibir que sus padres y educadores han escogido amarle y respetarle.
  • Alegría como hábito: Mostrarse satisfecho de vivir, de amar, de compartir el tiempo con el educando, en una actitud divertida y desdramatizadora. Reír en familia con frecuencia y contagiar la alegría sin reservas.
  • Confianza: Creer en su capacidad, en su bondad, en sus actitudes, permitirle que se equivoque y transmitirle siempre el mensaje de que puede vencer las dificultades, que seguiremos cerca para ayudarle, que con su esfuerzo e ilusión conseguirá lo que se proponga.
  • Aceptación: Dejarle ser persona, valorar su singularidad, estimularle a pensar por si mismo, pero con honradez y respeto a los demás. Recordar las palabras de Khalil Gilbran: “Tus hijos no vienen de ti, y aunque estén contigo no te pertenecen. Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos, pues ellos tienen sus propios pensamientos…”
  • Seguridad: Manteniendo una actitud coherente que le permitan a él, educándolo, conocer nuestras reacciones y saber a qué atenerse. Pero la seguridad le viene al niño, sobre todo, del ejemplo de normalidad y naturalidad en el trato diario y de comprobar que los adultos sabemos reconocer nuestras limitaciones y defectos, aunque no por ello desistimos en el empeño de ser mejores cada día. Vernos humanos, limitados y capaces de pedir perdón, les da seguridad porque nos sienten más cerca de sí mismos, más a su alcance.

Debemos tener presente que amabilidad es la palabra dulce que anima, levanta, consuela y fortalece. La amabilidad es afabilidad en la conducta, naturalidad en el obrar, paz en el semblante, benevolencia en la mirada. Se comunica y trasmite de un solo corazón a los corazones de una familia o comunidad entera.

Las personas con niveles altos en esta dimensión son empáticas, consideradas, generosas, amables y serviciales. Perciben a los demás de un modo positivo y tienden a pensar que la mayoría de las personas son amistosas, honestas y dignas de confianza (Muñoz, 2010).

Es por ello que según Muñoz, 2010, se pueden establecer los siguientes rasgos de la persona amble:

  • Actitud conciliadora.Esta subdimensión mide la actitud de las personas ante situaciones conflictivas. Quienes obtienen puntuaciones altas tienden a ser más sumisas, dóciles y prefieren resolver los conflictos mediante la cooperación, mientras que quienes puntúan bajo son más agresivos, vengativos y pendencieros.
  • Modestia. Las personas modestas tienden a estar más centradas en los demás y a ser más humildes, mientras que los que obtienen puntuaciones altas en esta dimensión son arrogantes y con tendencia al auto-engrandecimiento, pudiendo tener, en casos extremos, personalidades narcisistas.
  • Sensibilidad a los demás.Esta subdimensión hace referencia a la tendencia de las personas a dejarse llevar por sus emociones en sus actitudes hacia los demás. Las personas que puntúan alto con más compasivas, mientras que las que obtiene puntuaciones bajas son más duras y frías.
  • Amabilidad y altruismo
  • Las personas altas en Amabilidad son más altruistas y están más dispuestas a ayudar a los demás; pero no solo a sus amigos o familiares, sino a cualquier persona que pueda necesitar ayuda. Por el contrario, las personas más bajas en Amabilidad son más hostiles y agresivas, con más probabilidades de causar daños a los demás antes que ayudarles y tienen más prejuicios hacia las minorías estigmatizadas.

¿Será posible ser mejor persona? ¿Nuestra convivencia se puede enriquecer a partir de la Amabilidad? ¿Se puede considerar la amabilidad un valor liberador del flagelo de la corrupción en la persona? ¿Cómo contribuiría la Amabilidad como valor que aproxime a las personas hacia espacios y acciones comunes donde cada quién contribuya con la superación del otro?

WP_20150502_14_35_54_Pro

No hay nada más amable que compartir una taza de café con personas que te humanizan

 

EL CAMPO FERTIL DE LA ADVERSIDAD

A propósito de la resiliencia el escritor y poeta uruguayo, Mario Benedetti en su poema “No te rindas” versa lo siguiente: No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda, y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños”.

Según Henderson, Nan y Milstein, Mike (2010), la resiliencia puede definirse como la capacidad de recuperarse, sobreponerse y adaptarse con éxito frente a la adversidad, y de desarrollar competencia social, académica y vocacional. Así  mismo, afirman que las escuelas son espacios clave para que los individuos logren sobreponerse a la adversidad y adquieran competencias sociales, académicas y vocacionales. Por consiguiente, consiste en el conjunto de capacidades se evidencian al sobreponerse una persona a situaciones difíciles que enfrentan, y las condiciones que puedan ayudar a convertirse en personas realizadas, ciudadanos participativos y trabajadores productivos.  Señalan seis pasos para llevar a cabo el proceso de resiliencia:

  1. Mitigar el riesgo
  2. Enriquecer los vínculos.
  3. Fijar límites claros y firmes.
  4. Enseñar habilidades para la vida.
  5. Construir la resiliencia.
  6. Brindar afecto y apoyo.
  7. Establecer y transmitir expectativas elevadas.
  8. Brindar oportunidades de participación significativa.

En este mismo sentido, Henderson, Nan y Milstein, Mike (2010),  establecen que las escuelas que toman la decisión de llevar a cabo esta construcción rompe con las reglas y las políticas que han prevalecido en la cultura, en el que se nos enseña más a obedecer que a correr riesgos. En ellas se promueve la conexión entre el aprendizaje institucional e individual, el cambio y la eficacia. Para estos centros escolares implica un gran esfuerzo centrado en una actitud de cambio. Para que la escuela llegue a favorecer estos procesos es necesario entender y llegar a un acuerdo respecto de la situación vigente para estar conscientes de los cambios que requieren realizar y que permitan mejorar la resiliencia de docentes y alumnos (previo diagnóstico).

Además señalan que no sólo los estudiantes son candidatos a estar en este paradigma o proceso de vida, sino los docentes también son reisilentes puesto están inmersos en el contexto escolar cuyo ambiente sea un factor a sumar. Es por ello que es necesario cambiar la organización del aula o del propio plantel escolar, a fin de que sean constructoras de resiliencia. Es por ello que los alumnos, docentes y directivos quienes tienen el reto de colaborar con la resiliencia en las personas en el marco de la atención a la diversidad funcional dentro de la casa común, la escuela. También, es un proceso continuo que abarca las diferentes etapas de la vida y los contextos como ambiente e historia que son inherentes a la persona. Para ello se necesita la eliminación de barreras actitudinales y un modelo de bienestar que se centra en la adquisición de competencias y capacidades basadas en las oportunidades y potencialidades.

Por lo tanto, la resiliencia es un proceso que se produce en el hacer, es decir en la vida, es por ello que se necesitan docentes con una actitud constructora de resiliencia, que transmitan esperanza y optimismo; familias que sean corresponsables de los procesos inherentes a la persona con diversidad y una escuela abierta, activa y comprometida con la inclusión educativa; todo ello en el marco de una comunidad que camina hacia una convivencia pacífica y hacia un desarrollo sustentable. Por lo que es imperioso contribuir en lo concerniente a qué se debe hacer en nuestras escuelas para fortalecer la resiliencia en los estudiantes. Dentro de los aspectos que potencian la resiliencia en las personas con diversidad funcional en un modelo incluyente de escuela, se pueden mencionar:

  • La introspección: el hecho de explorar uno mismo en su interior, observarnos, reflexionar y cuestionar (preguntarse sinceramente y ser honrados en las respuestas).
  • La independencia: ayuda a establecer límites entre uno mismo y los ambientes
  • adversos. Potencia el establecimiento de una distancia emocional y físicaante determinadas situaciones, sin llegar al punto de aislarse.
  • La iniciativa: capacita y ayuda a afrontar los problemas y ejercer control sobre ellos.
  • El humor: conduce a ver el lado positivo incluso cómico de ciertas situaciones
  • La creatividad: lleva a crear orden y belleza a partir del caos y desorden. En la infancia se expresa en la creación y los juegos, vías para disfrazar la soledad, miedo, rabia y desesperanza.
  • La moralidad: invita a desear una vida propia personal satisfactoria, amplia y con riqueza interior. Compromiso con valores.
  • La Alteridad: habilidad para establecer lazos íntimos y satisfactorios con otras personas. Darse a los demás y aceptarlosen nuestras vidas.

¿Cómo se pueden conjugar las necesidades, capacidades, oportunidades y potencialidades de la persona desde la resiliencia? ¿Será posible un modelo sobre resiliencia que abarque los contextos de la persona en atención a la diversidad? ¿Convendría apoyarnos en los puntos en común para caminar en un proyecto de país desde las escuelas inclusiva? ¿Se vive en valores o se vive de los valores?

Por último, se presenta este cuento sobre resiliencia:

“Un hijo se quejaba con su madre acerca de su vida y de cómo las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía cómo hacer para seguir adelante y creía que se daría por vencido. Estaba cansado de luchar. Parecía que cuando solucionaba un problema aparecía otro.

Su madre le llevó a la cocina; allí llenó tres ollas con agua y las colocó sobre el fuego. En una colocó zanahorias; en otra, huevos; en la tercera, puso granos de café. Las dejó hervir sin decir palabra.

El hijo esperó impacientemente, preguntándose qué estaría haciendo su madre. A los veinte minutos la madre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un tazón. Sacó los huevos y los puso sobre un plato. Finalmente, coló el café y lo sirvió en una taza.

Mirando a su hijo le dijo: ¿Qué ves? Zanahorias, huevos y café, fue su respuesta. Le hizo acercarse más y le pidió que tocara las zanahorias, él lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera; al quitarle la cáscara, observó que el huevo estaba duro. Finalmente le pidió que probara el café; él sonrió mientras disfrutaba de su aroma.

Humildemente, el hijo preguntó: ¿qué significa esto madre?. Es química, le explicó: los tres elementos se han enfrentado a la misma adversidad: agua hirviendo, pero han reaccionado de forma diferente en función de sus características.

  • La zanahoria llegó al agua fuerte y dura; pero, después de pasar por el agua hirviendo, se ha puesto débil, fácil de deshacer.
  • El huevo ha llegado al agua frágil, su cáscara protegía un líquido interior; pero, después de estar en el agua hirviendo, su interior se ha endurecido.
  • Los granos de café, sin embargo, son únicos: después de estar en el agua hirviendo, ha sido capaces de cambiar el agua y sus propiedades.

¿Cuál eres tú, hijo? Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes?, preguntó a su hijo.

  • ¿Eres una zanahoria, que parece fuerte, pero cuando la adversidad y el dolor te tocan, te vuelves débil y pierdes tu fortaleza?
  • ¿Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable, un espíritu fluido, pero tras una muerte, una separación o un despido te has vuelto duro y rígido? Por fuera pareces el mismo, pero eres amargado y áspero, con un espíritu y un corazón endurecidos.
  • O ¿eres como el grano de café? El café cambia al agua hirviendo, el elemento que le causa dolor. Cuando el agua llega al punto de ebullición, el café alcanza su mejor sabor.

Si eres como el grano de café: cuando las cosas se ponen peor tú reaccionas en forma positiva, sin dejarte vencer, y haces que las cosas a tu alrededor mejores; que ante la adversidad exista siempre una luz que ilumina tu camino y el de las personas que te rodean. Esparces con tu fuerza y positivismo “el dulce aroma del café”

Y tú, ¿cuál de los tres eres?

Las personas llevan el universo en su interior: son lo que encuentran en sí mismas y encuentran en otras, únicamente, lo que esperan encontrar
Proverbio Sufí.

1404791496151

Crece como el Girasol

ANIMAR AL SUSPENDIDO

Martín Descalzo, José Luis (1993). “Razones para la esperanza. Testimonio existencial de la vida cristiana”. Apunte 66. Biblioteca del Creyente. Sociedad de Ediciones Atenas.

IMG-20140710-WA0006

Siempre me he preguntado por qué, en las tradicionales listas de obras de misericordia, no incluían los viejos catecismos esta decimoquinta de “Animar al suspendido”, que en estos días debería estar a la orden del corazón en todas las cosas. Porque si a los ocho, a los doce, a los catorce, no se necesita esa ayuda, en esa especie de derrumbamiento interior que son muchos suspensos, ¿Para qué queremos los hombres la compañía de nuestros semejantes? Deberíamos tener respeto sagrado al dolor de los niños, a la frustración de los muchachos, a esa amargura que – especialmente entre los mejores – parece que atorase el horizonte de la vida.

Yo pienso que un autentico padre – o un autentico maestro, que sí no ejerce de padre no sé qué tipo de maestro será – debería ser muy exigente antes de los exámenes y muy misericordioso de un suspenso ganado a pulso por vagancia o desinterés es, moralmente, un verdadero robo a los padres y a  la sociedad: un robo de todo cuanto en ese año la familia y la comunidad invirtieron.

Mas lo gracioso es que precisamente los padres que fueron más manga ancha antes de los exámenes  son los menos comprensivos, los más manga estrecha después de ellos, cuando sería la hora de infundir esperanzas y no desalientos. Pienso con terror en el número de muchachos que en este mes estarán atascándose en sus vidas gracias a la suma de su personal flojera de coraje y de estudio y de la falta de ayudas y estímulos de sus padres. Porque si perder un curso es un robo, tirar por ello la vida es una estupidez.

Esta es la hora, cero, de explicar a muchos muchachos – sobre todo a los mejores – que fueron muchos los genios que alguna vez tropezaron en sus estudios. Que un suspenso sólo es peligroso cuando es el primer eslabón de una cadena de suspensos.

Decirles, por ejemplo, que a Severo Ochoa le suspendieron dos veces en sus estudios de Medicina. Que a Balmes le catearon en Matemáticas. Que Ramón Gómez de la Serna y Azorín tropezaron en Literatura. Que en el expediente de Lorca hay un suspenso en Historia de la Lengua Española. Que a Vázquez de Mella le regalaron una calabaza en la Universidad de Santiago. Y… que todos ellos acabaron triunfando, precisamente en esas asignaturas en las que un día flojearon. Porque supieron no atascarse en un suspenso. Porque supieron convertirlo en un estímulo, lo mismo que cuando tropezamos, si logramos no caernos, avanzamos mucho más de prisa que sin tropezón.

Habría, sobre todo, que explicar a los muchachos muy bien que eso de que “el genio nace” es el más grave y peligroso de todos los camelos de la humanidad. Existe, sí, algún que otro Mozart, pero a la larga, de cada mil niños prodigios sólo uno triunfa, y lo normal es que no haya más genialidad que la del trabajo nuestro de cada día.

Recuerdo a ahora el caso de Einstein, uno de los padres de la ciencia moderna. Sus biógrafos cuentan que fue un muchacho especialmente retrasado. A los tres años aún no sabía hablar, decía únicamente algunas pocas palabras, y aún estás, mal pronunciadas, tanto que sus padres estaban ya perfectamente resignados a tener por hijo a un deficiente mental.

Cuando, a los seis años, consiguió un desarrollo normal, la timidez hizo parecer mayor su retraso. “Papito aburrido”, le llamaban sus compañeros de colegio. Y más tarde, en sus estudios medios, prácticamente no pasó de notable. Fue un alumnos tan vulgar que cuando triunfó en las ciencias y los periodistas quisieron analizar sus años juveniles, descubrieron que ninguno de sus antiguos compañeros de colegio se acordaban de él.

Dios me librara muy mucho de decir desde aquí a los muchachos que no importa el puesto que consigan en sus colegios. Pero creo que me permitirán decirles que no lo supervaloren, que los hechos demuestran que siete de cada diez muchachos número uno se convierten en vulgaridades en la vida y que, con frecuencia, son los chicos medios de la lista quienes muestran un día mayores potenciales en el interior.

Personalmente admiro mucho más el coraje y el trabajo que el genio y la inteligencia. Los hombres que triunfan en la vida no son aquellos que le salen rayitos luminosos de la frente, sino los que ponen codos y voluntades en sus tareas; quienes saben proponerse objetivos claros y dirigirse tercamente hacia ellos. Estoy plenamente de acuerdo con aquella afirmación de Bernard Shaw que aseguraba que “el genio es una larga paciencia” y con aquella frase de Juobert que dice que “el genio comienza las grandes obras, pero sólo el trabajo las termina”. O como Beethoven, que lo decía más plásticamente: “El genio se compone de un 2 por 100 de talento y de un 98 por 100 de trabajo”.
Recuerdo que en los años en que yo fui profesor no me cansé nunca de escribir en las pizarras una fórmula matemática, que resumía en tres cifras mi visión sobre el valor de los hombres. Era una fórmula que decía así: 1 I x 2 C x 10 T = X. Que, traducido, querría decir: un hombre vale igual que un coeficiente de inteligencia multiplicado por dos coeficientes de las circunstancias en que se moverá su vida, multiplicado a su vez por diez coeficientes del trabajo que pondrá en su pelea. De lo que se deducía que un muchacho supergenial (con 10 de inteligencia) y súper afortunado (con 10 de circunstancias favorable en toda su vida), pero poco trabajador (con un dos de vagancia), produciría un resultado de 4.000. Mientras que un chaval medianillo (justito un 5), que trapalea por la vida (otro cinquillo), pero apasionadamente trabajador (demos un 10 a su esfuerzo), alcanzaba 12.500 en su resultado final.

Tendríamos que convencer a los muchachos de que no hay inteligencia que valga lo que el coraje; que en los dedos son mucho más honrosas las ampollas que los anillos; en los triunfadores hay siempre una parte de intuición, pero nueve de tozudez. Y eso incluso en la misma poesía. Beaudelaire se lo decía a aquella dama que inquiría qué era la musa: «La inspiración, señora, es trabajar todos los días.»

Todos los días, todos los años, toda la vida. El otro día leí no sé dónde que desde que en 1857 se encontró el primer pozo de petróleo puede calcularse que se han hecho 241 perforaciones por cada pozo realmente encontrado. ¿Y sería la vida menos dura que la tierra? ¿Y sería el buscador de felicidad más afortunado que el de oro negro? Si quienes perforan fuesen tan desalentadizos como son los que estudian una carrera, a estas alturas seguirían andando los coches con sueños o con carbón.

Díganselo a los muchachos: que un suspenso sólo es peligroso en dos casos: primero, cundo uno se ríe de él; y segundo, cuando uno se tumba encima de él. Y explíquenle también que tendrán derecho a desalentarse cuando lleven 242 fracasos. No antes.

Fábula del Erizo

295359_10150674386138116_626662876_n

Durante la Edad de Hielo, muchos animales murieron a causa del frío.

Los erizos dándose cuenta de la situación, decidieron unirse en grupos. De esa manera se abrigarían y protegerían entre sí, pero las espinas de cada uno herían a los compañeros más cercanos, los que justo ofrecían más calor. Por lo tanto decidieron alejarse unos de otros y empezaron a morir congelados.

Así que tuvieron que hacer una elección, o aceptaban las espinas de sus compañeros o desaparecían de la Tierra. Con sabiduría, decidieron volver a estar juntos. De esa forma aprendieron a convivir con las pequeñas heridas que la relación con una persona muy cercana puede ocasionar, ya que lo más importante es el calor del otro.

De esa forma pudieron sobrevivir.

Moraleja:

La mejor relación no es aquella que une a personas perfectas, sino aquella en que cada individuo aprende a vivir con los defectos de los demás y admirar sus cualidades.

Querido Ladrón

Deseo hacerte llegar estas líneas a ti y a tus compañeros. La semana pasada entraste a la escuela donde trabajo para sustraer aparatos electrodomésticos y la computadora de la dirección; además de romper la protección de la ventana donde tú y tus cómplices lograron entrar y sacar lo que conseguiste para tu beneficio.

Te voy a explicar sobre la escuela y lo que sucede ahí todos los días para que sepas a quienes robaste. La escuela donde trabajo es una Escuela Especial pues ahí van estudiantes con necesidades educativas especiales a hacer realidad sus sueños. Estos niños y jóvenes son los que llaman en los barrios “los loquitos” o “los enfermitos”, y en otros lugares los llaman discapacitados. Pero lo crucial es que son esas personas que se hacen merecedoras de la ternura y el cariño de todas las personas, hasta del Pram más peligroso de cualquier cárcel venezolana dejaría a un lado su fusil para acariciar la cabeza de cualquiera de estos muchachos. Y posiblemente tu hasta hayas sacado ese ser humano tan especial que hay en ti al tropezarte con uno de ellos.

Además, ese día cuando vimos sorprendidos tu visita por la escuela, celebramos un oficio religioso padres, representantes, docentes, administrativos y obreros, todos unidos en oración porque estábamos de cumpleaños de nuestra escuela. No pedimos que te lincharan ni que te hicieran daño, al contrario pedimos a una voz que el tesoro que albergamos en nuestra escuela, nuestros estudiantes especiales, siempre cuenten con personas buenas que les amen y que le tiendan las manos en una sociedad humanizada pero convulsionada por la Violencia, la cual nos involucra y afectan a todos, incluyéndote a ti amigo.

Sin embargo, esa mañana cuando llegué a la escuela en medio del oficio religioso, tomé una silla y me senté sin percatarme de lo sucedido. Solamente ocurrió un detalle, amigo ladrón, fui sorprendido por la mención de mi nombre en voz alta y con un fuerte abrazo de uno de mis estudiantes que irrumpió la celebración y como buenos docentes y padres suspiramos de esperanza, vimos un mundo mejor, sentimos la fuerza para seguir adelante, y nos sentimos vivos. Es decir, lo que nos quitaste en lo material y momentáneo, no nos lo pudiste quitar en lo espiritual y trascendental. Por cierto, mi estudiante se llama Jesús, y él me recuerda todos los días, junto con Juan, Tomás, Willy, Yonn y Viky, que en la vida no hay tesoro más hermoso que la sonrisa y el abrazo de un niño cuando se le  enseña porque se le ama.

Queda otra cosa, amigo ladrón, la escuela donde trabajo tiene las puertas abiertas a todo niño, niña y adolescente con necesidades educativas especiales; así que si conoces a alguien, tienes un familiar o un hijo que nos necesites sabes dónde encontrarnos. Ojalá podamos tener todas las comodidades: aires acondicionados, cancha deportiva techada, sala de informática, comedor nutricional y un parque donde jueguen, se recreen, estudien y aprendan a celebrar la vida para sostener el encuentro entre nosotros con lo más hermoso de nuestra humanidad, la discapacidad.

12654314_10208502924709578_953985251150298585_n